Jesús
A. Jiménez Peraza.
@jesusajimenezp
Unos
grabados en el Museo de Louvre descubiertos en Irak a finales del siglo XIX,
recuerdan la victoria del rey Eannatum de Lagash, sobre la ciudad de Umma. Allí
se observa como miles de soldados marchan victoriosos, sobre un suelo plagado
de cadáveres, que solo sirven “para
alimentar perros y buitres”.
A
Lagash y Umma, enclavadas entre el Eufrates y Tigris, les correspondió la transición entre Ciudad y
Estado, como primeras organizaciones
sociales complejas, pero a pesar de tener agua suficiente para ambas durante
varias generaciones, no se les ocurrió mejor idea que iniciar una guerra aduciendo dominio sobre los acuíferos;
también lucharon por las rutas establecidas
para el comercio, no obstante que por la inmensidad del valle se podían
acondicionar varios accesos diferentes, en sana paz y el absurdo mayor para
mantener la guerra, fue la denuncia sobre un antiguo Tratado que permitía a Umma explotar un valle contiguo
a ambas ciudades, pagando un impuesto a Lagash.
Después
de 100 años de lucha y decenas de miles de muertos, terminó la guerra. A Umma
se le privó del agua a la cual tenía derecho; se le quitó acceso a todas partes
y fueron, sus habitantes, humillados con escandalosos impuestos haciéndoles jurar fidelidad al victorioso. Esas
causas que permitieron el final de la guerra, fueron las mismas que dieron pie
a la siguiente. Lagash conformó un poder absoluto al sur de Mesopotamia pero lentamente
Umma logró aliarse con los reinos de Ur y Uruk, logrando la primera alianza de
Ciudades – Estados en la historia. A la larga se fortaleció Uruk, que a la fuerza se hizo de todo el
poder en la zona génesis de la humanidad.
Entre
1914 y 1918 Europa se vio sumida en la llamada Gran Guerra o I Guerra Mundial,
había germinado la idea del nacionalismo, erigido sobre la base falsa de que la
preponderancia en la cultura, la economía y la lengua da derecho de dominio
sobre otras tierras.
Después de 25 millones de mutilados y de muertos, sumando soldados y civiles, los protagonistas se dieron cuenta que podían buscar un acuerdo para poner fin al desastre creado, así firmaron el 28 de junio de 1919 el Tratado de Versalles. Alemania y sus adláteres aceptaron haber sido los causantes, admitieron que cumplirían un proceso para lograr el desarme total, prometieron concesiones territoriales e indemnizar daños. Como segmento especial del Tratado fue creada la Sociedad o Liga de Naciones (1920) que sería garante de la paz, dejaron constancia bajo fe de juramento que esa sería la última conflagración universal y se puso en boga la rimbombante tesis “de la solución pacífica de conflictos entre los Estados Miembros”.
Esas
mismas condiciones para el armisticio, 20 años después dieron causa a la II
Guerra Mundial. El desequilibrio del acuerdo de Versalles según la opinión de
Adolph Hitler, el tercer Reich y sucesor de los anteriores imperios germanos,
quien no aceptó la democracia constitucional de la Alemania derrotada,
constituida en la nueva República de
Weimar, condujo al mundo a la II Guerra Mundial con sus 60.000.000 de muertos.
Esta vez el conflicto se extendió por tres continentes y se planteó entre dos
grupos poderosos, los Aliados contra las Potencias del Este.
En
1945 renació la esperanza, formalmente terminó la II Guerra, se signaron los
Tratados de París y apareció la Organización de Naciones Unidas (ONU), que
prometió preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra que dos
veces ha infligido a la humanidad
sufrimientos inenarrables; ratificó la fe en los derechos fundamentales del
hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana. Dijeron que todas las
naciones serían iguales, las grandes y las pequeñas, las poderosas y las
débiles, aunque realmente sólo algunas conformaban el Consejo de Seguridad y
más restringido aun, se reconocería derecho de veto, solo a 5 de ellas.
Se
volvió a prometer un mundo de justicia,
de derechos humanos y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y
de otras fuentes del Derecho Internacional, para promover el progreso social
y elevar el nivel de vida dentro de un
concepto más amplio de la libertad. Prometieron tolerancia y se obligaron a convivir en
armonía como buenos vecinos. La fuerza solo sería utilizada para mantener la
paz, la seguridad internacional y el bien común. Trabajaríamos unidos para promover el progreso económico y social de
todos los pueblos y aunar nuestros esfuerzos para realizar estos designios. Eso
lo dice la Carta Fundacional de la ONU.
Hoy
el problema ya no es que Eannatum invadió a Umma, ni Hitler a las provincias
checas de Bohemia y Moravia; ahora son los líderes que se sienten dueños del
mundo. Putín desconoce la independencia de los 15 Estados que conformaron la
estructura federal de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que
dio pie para suscribir el Tratado de Belavezha y culminar el movimiento
conocido como Pereztroika, producto de
largas conversaciones entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de
1991. El problema es míster Donald Trump y su derecho auto otorgado de meterse
en cuanto polvorín le parezca, sin permiso de su propio Congreso ni cumplir
trámites ante el Consejo de Seguridad de la ONU. El problema es Israel e Irán
que no resuelven su añejo problema dentro de las fronteras propias. El problema
es India, Pakistán, Corea del Norte, China al acecho de Taiwan y todos quienes tienen
acceso a un arsenal nuclear capaz de iniciar la última guerra dejando un
planeta sin seres vivos o al menos, en
las condiciones de dignidad y confort a los cuales tenemos derecho. Dios
bendiga al planeta Tierra!.
19/03/2026.
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