jueves, 19 de marzo de 2026

La guerra como prueba de la estupidez humana

 

Jesús A. Jiménez Peraza.

@jesusajimenezp

Unos grabados en el Museo de Louvre descubiertos en Irak a finales del siglo XIX, recuerdan la victoria del rey Eannatum de Lagash, sobre la ciudad de Umma. Allí se observa como miles de soldados marchan victoriosos, sobre un suelo plagado de cadáveres, que solo sirven “para alimentar perros y buitres”.

A Lagash y Umma, enclavadas entre el Eufrates y Tigris,  les correspondió la transición entre Ciudad y Estado, como  primeras organizaciones sociales complejas, pero a pesar de tener agua suficiente para ambas durante varias generaciones, no se les ocurrió mejor idea que iniciar una guerra  aduciendo dominio sobre los acuíferos; también  lucharon por las rutas establecidas para el comercio, no obstante que por la inmensidad del valle se podían acondicionar varios accesos diferentes, en sana paz y el absurdo mayor para mantener la guerra, fue la denuncia sobre un antiguo Tratado  que permitía a Umma explotar un valle contiguo a ambas ciudades, pagando un impuesto a Lagash.

Después de 100 años de lucha y decenas de miles de muertos, terminó la guerra. A Umma se le privó del agua a la cual tenía derecho; se le quitó acceso a todas partes y fueron, sus habitantes, humillados con escandalosos impuestos  haciéndoles jurar fidelidad al victorioso. Esas causas que permitieron el final de la guerra, fueron las mismas que dieron pie a la siguiente. Lagash conformó un poder absoluto al sur de Mesopotamia pero lentamente Umma logró aliarse con los reinos de Ur y Uruk, logrando la primera alianza de Ciudades – Estados en la historia. A la larga se fortaleció  Uruk, que a la fuerza se hizo de todo el poder en la zona génesis de la humanidad.

Entre 1914 y 1918 Europa se vio sumida en la llamada Gran Guerra o I Guerra Mundial, había germinado la idea del nacionalismo, erigido sobre la base falsa de que la preponderancia en la cultura, la economía y la lengua da derecho de dominio sobre otras tierras.

Después de 25 millones de mutilados y de muertos, sumando soldados y civiles, los protagonistas se dieron cuenta  que podían buscar  un acuerdo para poner fin al desastre creado, así firmaron el 28 de junio de 1919 el Tratado de Versalles. Alemania y sus adláteres aceptaron haber sido los causantes, admitieron que cumplirían un proceso para lograr el desarme total, prometieron concesiones territoriales e indemnizar daños. Como segmento especial del Tratado fue creada la Sociedad o Liga de Naciones (1920) que sería garante de la paz, dejaron constancia bajo fe de juramento que esa sería la última conflagración universal y se puso en boga la rimbombante tesis “de la solución pacífica de conflictos entre los Estados Miembros”.

Esas mismas condiciones para el armisticio, 20 años después dieron causa a la II Guerra Mundial. El desequilibrio del acuerdo de Versalles según la opinión de Adolph Hitler, el tercer Reich y sucesor de los anteriores imperios germanos, quien no aceptó la democracia constitucional de la Alemania derrotada, constituida en la nueva    República de Weimar, condujo al mundo a la II Guerra Mundial con sus 60.000.000 de muertos. Esta vez el conflicto se extendió por tres continentes y se planteó entre dos grupos poderosos, los Aliados contra las Potencias del Este.

En 1945 renació la esperanza, formalmente terminó la II Guerra, se signaron los Tratados de París y apareció la Organización de Naciones Unidas (ONU), que prometió preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra que dos veces  ha infligido a la humanidad sufrimientos inenarrables; ratificó la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana. Dijeron que todas las naciones serían iguales, las grandes y las pequeñas, las poderosas y las débiles, aunque realmente sólo algunas conformaban el Consejo de Seguridad y más restringido aun, se reconocería derecho de veto, solo a 5 de ellas. 

Se volvió a prometer un  mundo de justicia, de derechos humanos y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del Derecho Internacional, para promover el progreso social y  elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad. Prometieron   tolerancia y se obligaron a convivir en armonía como buenos vecinos. La fuerza solo sería utilizada para mantener la paz, la seguridad internacional y el bien común. Trabajaríamos unidos para  promover el progreso económico y social de todos los pueblos y aunar nuestros esfuerzos para realizar estos designios. Eso lo dice la Carta Fundacional de la ONU.

Hoy el problema ya no es que Eannatum invadió a Umma, ni Hitler a las provincias checas de Bohemia y Moravia; ahora son los líderes que se sienten dueños del mundo. Putín desconoce la independencia de los 15 Estados que conformaron la estructura federal de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que dio pie para suscribir el Tratado de Belavezha y culminar el movimiento conocido como Pereztroika,   producto de largas conversaciones entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991. El problema es míster Donald Trump y su derecho auto otorgado de meterse en cuanto polvorín le parezca, sin permiso de su propio Congreso ni cumplir trámites ante el Consejo de Seguridad de la ONU. El problema es Israel e Irán que no resuelven su añejo problema dentro de las fronteras propias. El problema es India, Pakistán, Corea del Norte, China al acecho de Taiwan y todos quienes tienen acceso a un arsenal nuclear capaz de iniciar la última guerra dejando un planeta sin seres vivos o al menos,  en las condiciones de dignidad y confort a los cuales tenemos derecho. Dios bendiga al planeta Tierra!.

jesusjimenezperaza@gmail.com

19/03/2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La guerra como prueba de la estupidez humana

  Jesús A. Jiménez Peraza. @jesusajimenezp Unos grabados en el Museo de Louvre descubiertos en Irak a finales del siglo XIX, recuerdan...